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Julieta Paris - Psicóloga y Antropóloga -Zaragoza - Gerona

El rincón

Lugar para la reflexión, por medio de palabras ajenas y recomendaciones literarias

Miercoles, 22 de Enero 2014
Un Cuento...

Cuentan que un hombre sufría con gran frecuencia ataques de ira y cólera, así que decidió un día abordar esta situación. Para ello se fue al encuentro de un viejo sabio con fama de conocer la naturaleza humana. Cuando llegó a su presencia, habló de este modo:

- “Señor, quiero solicitar su ayuda, ya que tengo fuertes arranques de ira que están haciendo mi vida muy desgraciada. Yo sé que soy así, pero también sé que puedo cambiar si usted me aconseja”.

- “Lo que me cuentas es muy interesante -dijo el anciano-. De todas maneras, para poder tratar bien tu problema es necesario que me muestres tu ira y así pueda saber de qué naturaleza es”.

- “Pero ahora no tengo ira, señor”, argumentó el hombre.

- “Bien, contestó el anciano, lo que tienes que hacer entonces es, la próxima vez que la ira te invada, venir lo más deprisa posible a enseñármela”.

El hombre se mostró de acuerdo y regresó a su casa. Pocos días después se encontró de nuevo con otro ataque de cólera y marchó rápidamente a ver al anciano. Sin embargo, el viejo vivía en lo más alto de una colina muy alejada. Cuando por fin alcanzó la cima, se presentó al sabio.

- “Señor, estoy aquí de nuevo como me dijiste”.

- “Estupendo: muéstrame tu ira...”

Pero al pobre hombre se le había pasado la ira durante la subida.

- “Es posible que no hayas venido lo suficientemente rápido. La próxima vez corre mucho más deprisa y así llegarás todavía con ira”.

Pasados unos días, al hombre le asaltó otro fuerte ataque de cólera y recordando la recomendación del sabio comenzó a correr cuesta arriba todo lo rápido que pudo. Cuando media hora después llegó agotado a la casa del viejo, éste le reprendió severamente.

- “Esto no puede continuar así ¡otra vez llegas sin ira! Creo que debes esforzarte aún más y tratar de subir la cuesta mucho más de prisa. De otro modo no voy a poder ayudarte”.

El hombre marchó entristecido, jurándose a sí mismo que la próxima ocasión correría con todas sus fuerzas para llegar a tiempo a demostrar su ira. Una y otra vez subía la cuesta y a cada ocasión llegaba más y más fatigado y desde luego sin asomo de ira. Un día llegó especialmente extenuado. El maestro, por fin, le dijo:

- “Creo que me has engañado. Si la ira formara parte di ti, podrías enseñármela. Has subido a mi casa veinte veces y nunca has sido capaz de mostrarla. Esa ira no te pertenece. No es tuya. Te atrapa en cualquier lugar y por cualquier motivo y luego te abandona. Por tanto, la solución es fácil: la próxima vez que quiera llegar a ti, no la cojas”.

 

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