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Julieta Paris - Psicóloga y Antropóloga -Zaragoza - Gerona

El rincón

Lugar para la reflexión, por medio de palabras ajenas y recomendaciones literarias

Martes, 19 de Noviembre 2013
Un cuento...

Un caminante va andando por un sendero, dejando que sus pies le lleven. Sus ojos se posan en los árboles, en los pájaros, en las piedras... En el horizonte comienza a recortarse la silueta de una gran ciudad. Agudiza la mirada para distinguirla bien y se siente atraído por ella. Intuye que en ella puede encontrar todo lo que va buscando, lo que desea, sus metas y objetivos, sus sueños, lo que le gustaría ser. Puede que todo eso esté en esa ciudad. Sin dudar, empieza a caminar hacia ella. 

Al poco de andar, el sendero se hace cuesta arriba. Está un poco cansado pero no le importa. Un poco más adelante divisa una sombra negra: al acercarse, ve una enorme zanja que le impide el paso. Algo enfadado por ese obstáculo para llegar a su meta, toma carrerilla y salta la zanja. Por esta vez puede proseguir.

Unos metros más adelante... ¡Otra zanja! De nuevo, más enfadado que antes, toma carreriila y de nuevo la salta. Ahora el camino parece por fin despejado. Pero al poco, tiene que frenar en seco ante un abismo que, de nuevo, entorpece su marcha. ¡Imposible saltarlo! Cuando comienza a desesperar divisa a unos metros algunos tablones de madera, clavos y herramientas... "Quizás pueda construir un puente" piensa, aunque no es demasiado hábil con las manos... Por unos instantes está a punto de renunciar, pero al mirar la meta deseada, sin demasiado convencimiento comienza a construir el puente. Pasaron horas, días, o meses... pero por fín el puente está hecho. Emocionado, lo cruza. 

Pero nada más llegar al otro lado, descubre un muro: un gigantesco muro, frío y húmedo que rodea la ciudad de sus sueños.... Se siente abatido. Esta vez si que no hay manera de esquivarlo y es demasiado alto para treparlo. Pero no puede ser imposible, la ciudad está tan cerca!!

De pronto, en un lado del camino, ve a un niño que le mira como si le conociera. Sonríe con complicidad. Le recuerda a él mismo cuando era niño. Quizás por eso, se anima a expresar en voz alta su queja: 

- ¿Por qué tantos obstáculos entre mi objetivo y yo? entre mi sueño y yo... 

El niño se encoge de hombros y le contesta: 

- ¿Por qué me lo preguntas a mi? Los obstáculos no estaban antes de que tu llegaras... ¡Los obstáculos los trajiste tu!!

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